Sembrando con amor

“Todo lo que uno siembre es fácil de trabajarlo desde que lo siembre con amor”; fueron las palabras de don Daniel Martínez al preguntarle por su labor en el campo y las variaciones que este trae.

Sentado en el mismo cultivo en el que desde hace años viene trabajando, comenta con orgullo, cómo gracias a su quehacer diario tiene una familia a la que sacó adelante. Su esposa, una madre dedicada a las ocupaciones del hogar; sus hijos, cuatro mujeres y un barón que como cosecha le ha dado 12 nietos y 3 bisnietos; un hilo de generaciones inflando el pecho cuando de hablar del abuelo se trata.

Su mayor satisfacción ha ido más allá del sostenimiento económico, don Daniel, daría todos los pesos que se gana en una cosecha a cambio del conjunto de sensaciones que erizan sus blancos vellos, cada vez que uno de sus hijos o nietos llega buscando la comida cultivada por sus manos y esfuerzo. Y aunque duda que sea un legado para su descendencia, usa como ley de vida el mostrar la importancia de esta noble labor hasta sus últimos días.

Resulta inevitable no sentir admiración por las personas campesinas, es como si en su contexto viniera intrínseca una gota de humildad y servicio que desborda los corazones de quienes abren sus perspectivas a lo que hay más allá de su alimento diario puesto en mesa. Don Daniel asegura el valor del agricultor como simple factor de supervivencia, derrotando por completo las ideas capitalistas de adquisición, porque como él mismo dice “el dinero no se come” y por mucho que haya, nunca va a reemplazar lo que él ha tenido como objetivo por años: la producción de comida.

Menciona con dolor lo difícil que resulta en ocasiones poder trabajar en serenidad. Muchas veces cuestan más los insumos que su cosecha; pero es un dolor que se alivia al no tener que salir a buscar quien compre sus cosechas, pues dado su recorrido y reconocimiento, la población misma lo busca para consumir sus productos.

Fiel creyente, convencido que la tierra da según cómo se le trabaje, no se limita a la hora de sembrar, y en sus dos hectáreas se dan diferentes tubérculos como la papa, el frijol, el chócolo, la cebolla, la col, la lechuga, entre otros; son más de 15 clases de cultivos alimenticos los que embellecen el verde de su jardín y enriquecen el bocado de su mesa.

No pide que le regalen nada, porque es alguien que lo ha trabajado todo. Pero sí, reclama el sentido de pertenencia de las poblaciones, con un sector rural que madruga antes que el resto para que todos se alimenten a tiempo: el campesino.